Consulta Social sobre la Deuda Externa

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Comunicado de la Red Ciudadana de Cartagena para la Abolición de la Deuda Externa.

 

Y se alzó, en aquél marzo, un aire fresco

Al final, aquellos días de marzo, fuimos muchos/as. Contra los malos augurios y la calma chicha. Contra esa apatía que anestesia los tiempos que vivimos. Sí, al final, la bola de nieve que empezó pequeña, un punto blanco en la mano cansada, cayó hasta el suelo y comenzó a rodar ilusionada. A crecer, ilusionada. A arrastrar, en su descenso ilusionado, a cuantos se dejaban seducir por la pequeña quimera de que reaccionar es todavía posible. De que el hambre y la muerte prematura tienen arreglo. De que combatir la deuda externa de las gentes del Sur, que somos nosotros nacidos en otro lugar, es enfrentarse a un cáncer lejano pero igualmente asesino.

        Sí, al final, fuimos muchos/as. Sopló un aire fresco y empujó nuestras velas. Más de un millón en todo el estado. Por la abolición de la Deuda externa. Quince mil en Cartagena. Contra la deuda que mata. Nueve mil en Murcia. Mil en Cieza. Contra los malos augurios. Contra el cansancio del mar. Por la abolición de la Deuda externa. Contra los esfuerzos de un poder miope y cómplice que, prohibiendo la Consulta Social el día 12, creyó silenciar la voz de la ciudadanía. De esa ciudadanía que, según ellos mismos proclaman, es soberana. Pero a la que, en el fondo, tanto temen.

        Sin apenas medios, sin más caudal que un puñado de compañer@s salpicados por todo el estado, nació, y de eso apenas hace unos meses, la idea que iba a ser nieve: realizar una Consulta Social sobre la Abolición de la Deuda Externa. Un día 12 de Marzo. Entre el final de un milenio y el comienzo de otro. Una jornada para aplastar tanta y tanta quietud. Tanta y tanta sensación de impotencia. Para llamar al viento. Para que hiciese bailar, siquiera por unas horas, la bandera multicolor de la dignidad del hombre. Para recordarnos que aún tenemos oídos. Y ojos. Y corazón. Y manos. Para sentir la piel. La nuestra y las de los otros/as, que aunque están lejos habitan a nuestro lado.

        Una Consulta Social para la Abolición de la Deuda externa. ¡Qué disparate!. Llegar a casi cuarenta millones de ciudadanos. Surgiendo de nada. Con los bolsillos vacíos. Pero las voces subían dulcemente de tono. Y dulcemente comenzaron a cabalgar, sin estridencias, apenas un murmullo, a lomos de internet. A corretear, revoltosas, por los cables del teléfono. A viajar boca a boca. Oído a oído. Una Consulta Social. Recuperar la palabra de tanto y tanto ciudadano anónimo. Invitarle a que hablase más allá del rito plurianual de las elecciones. Estimular a las gentes de acá y de allá a hacer suya la democracia. A acunarla entre sus brazos. A ejercerla sin intermediarios ni profesionales. A practicarla en un insólito ejercicio de madurez y solidaridad. Sí, una Consulta Social organizada desde abajo. En cada localidad. Pueblo a pueblo. Por los nadie.

        Y, ¿para qué llamar a la gente a desentumecer los músculos, a hacer gimnasia con su condición de ciudadanos?. Pues para eso. Precisamente para eso. Para recordarles y recordarnos que seguimos vivos. Que pese a todo, que pese a ellos, seguimos vivos porque nada humano nos resulta extranjero. Y que, en la era de la globalización, no nos olvidamos de los cientos de millones de hombres y mujeres que, en el Sur, se reparten apenas las migajas de nuestro banquete.

        Sí, fuímos muchos/as al final. En Cartagena, minúsculo botón de muestra entre los cuatrocientos municipios en que se organizó la Consulta, más de trescientos voluntarios/as. Jóvenes de institutos. Abuelos de parroquias. Alumnas de educación de adultos. Miembros de oenegés. Personas que, porque trabajan los sectores marginales del norte (emigrantes, disminuídos físicos y psíquicos, toxicómanos, enfermos de sida etc.) sienten muy de cerca el latido, suave, constante, de los olvidados. Del Sur.

        Y esos trescientos voluntarios/as transformaron sus brazos, ramas entrelazadas del más viejo de los robles,  en casi sesenta mesas de votación que hundieron raíces en todo nuestro término municipal. En centros de secundaria. En la universidad. En parroquias. En las calles y plazas. En los barrios y en las diputaciones. Abuelos y nietos. Profesores y alumnos. Cristianos de varias tonalidades y ateos de todos los colores. Contra la Deuda que mata. En Cartagena como en Murcia. En Cieza como en Baza, o en Barcelona, o en Santomera o en Pamplona. En los días en que tantos se empeñan en repetir que las ideologías huelen a cadáver, que la esencia del gato es que cace ratones, miles de brazos se unieron para tejer y estirar una enorme red de solidaridad. Una red blanca que creció, bella y transparente, como la leche, o como la nieve, por los pueblos y ciudades de todo el Estado. Amamantando la urgencia de la primavera.

        El poder, que nunca deja de serlo porque no conoce el sueño, reaccionó como le correspondía. Prohibió, y al hacerlo se reconocía poder, desnudar el hambre del Sur en la jornada elegida por la democracia para celebrar su gran festival cuatrianual. Y salvo en Cataluña, el neoliberalismo desenmascaró su rostro. El ciudadano,  proclamó el rostro ya sin máscara, debe expresar su opinión tan sólo cuando el poder le convoque a ello. Y tan sólo acerca de aquellos temas que el poder tenga a bien consultarle. El resto ha de ser silencio.

        Y, sin embargo, el resto no fue silencio. Las mesas de Consulta que la policía desmontó el 12, volvieron a renacer el 17, el 18 o el 19 de Marzo. Los nadie volvieron a tomar el asfalto pacíficamente, a ocupar sus puestos tras las urnas, a pedir a las gentes que opinasen acerca de lo que el Estado debe hacer con sus impuestos. A exigir un uso solidario de los fondos públicos para con los países, hermanos y empobrecidos, del Sur. A gritar, en silencio, democráticamente, por la abolición de la Deuda que mata niños, y mujeres, y ancianos, y hombres. Contra esa Deuda que, calladamente, asesina cada uno de todos los amaneceres. Fue entonces cuando el vientó sopló. Cuando, sobre la red extendida como un mar, el barco de la solidaridad hinchó sus velas y navegó mecido por miles de brazos voluntarios.

         Mientras, por esos mismos días de marzo y en la Cumbre de Lisboa, la Unión Europea se dejaba embriagar, si aún era posible más, por el modelo ultraliberal yanqui. Mientras, en esos mismos días de marzo y en los despachos de la Otan, se preparaba a la población europea para incrementar los gastos militares a fin de "no perder la carrera" con el socio norteamericano. Mientras, en esos mismos días, la llamada Nueva Economía entonaba sus cantos de sirena y las ciber-cotizaciones de bolsa deslumbraban a aquellos cuya única geografía es la de su ombligo. Pero, en los mismos días de marzo en que todo ello ocupaba titulares de radio, prensa y televisión, un millón cien mil españoles salieron del silencio para expresar, serenamente, su rechazo al discurso del pensamiento único. Su rechazo a una vida transformada en supervivencia. Su rechazo a ser hombres y mujeres con las alas atrofiadas, encadenados al consumo y a la calculadora.

        Y como los sin tierra de Brasil, los disidentes de Seattle, los "ponchos" de Ecuador, los alternativos de Davos, los mayas de Chiapas y tantos otros nadie que somos y son, un millón cien mil personas reafirmaron su apuesta por la dignidad de nuestra especie. Por el hombre como centro de todo y no como divisa de cambio. Por la solidaridad como la única herramienta ética de supervivencia. Y porque, en este mundo globalizado al que nos empujan todos los poderes, los derechos humanos y la sonrisa del niño valgan, al menos, tanto como la moneda o la mercancía.

        Sí, al final fuimos muchos/as. Animados por un viento fresco, distinto, que olía a mares y tierras lejanos. Empujados por un viento, suave, que nos invitaba, y nos invita, a no detenernos. A continuar navegando. A seguir construyendo, desde la diversidad y en horizontal, ladrillo a ladrillo, brazo con brazo, piedra a piedra, el puente que nos permita cruzar al otro lado. Hacia ese nuevo mundo donde todos los mundos quepan.

en Cartagena,  a 27 de Marzo de 2000

RED CIUDADANA PARA LA ABOLICION DE  LA DEUDA EXTERNA  (RCADE)